El día se presentó plomizo al alba y, a media mañana las nubes ya se encontraban descargando una lluvia suave pero intensa e insistente. Que además no tenía aspecto de cesar en varias horas.
El carruaje avanzaba penosamente por los caminos embarrados. Las ruedas se hundían y, en más de una ocasión había que detener la marcha para liberarlas y proseguir. Los hombres que cabalgaban a su lado, escoltándolo, se mostraban cada vez más nerviosos y ansiosos por llegar a la siguiente parada. Desde que salieran de Amadir el viaje no había dejado de estar lleno de dificultades.
Habían pasado dos horas desde el medio día cuando alcanzaron un grueso cartel de madera, clavado en el tronco de un árbol en el linde más inmediato al camino, que indicaba la distancia a "La Posada del Ganso Dorado". La comitiva se detuvo y, uno de los hombres a caballo, el que parecía estar al mando, sacó de sus alforjas un mapa que extendió ante sí. Tras unos segundos volvió a guardarlo y, con un gesto de la mano, reanudó la marcha.
El Ganso Dorado no estaba a más de 12 Km desde el árbol, pero el camino estaba en bastante mal estado a causa de la lluvia, que no cesaba de caer. A ambos lados del camino había numerosos árboles y, en muchos casos, las raices se dejaban ver en la carretera y no sólo esto, sino que la cantidad de baches se había incrementado con creces. Todo esto hacía que los ejes del carruaje gimieran como si fueran a partirse en algún momento. Al final, a falta de 7 Km ocurrió. Una de las ruedas cayó en un socavón invisible por los charcos y se partió con un crujido enorme, el carruaje se dobló y golpeó en el suelo. Las bestias lo arrastraron aún unos metros clavándolo aún más en el suelo.
La cara de una mujer mayor, algo entrada en carnes y con un tono bastante seco y desgradable se asomó casi inmediatamente.
- ¡Qué sucede capitán?- Demandó.
- Hemos roto un eje y, por favor, volved a meter la cabeza dentro y cuidad de vuestra señora.
Justo en cuanto la mujer apartó la testa de la ventana, una flecha golpéo en la madera clavándose fuertemente. Algunos virotes más siguieron al primero matando o, al menos hiriendo de gravedad, a dos de los seis hombres que custodiaban el carruaje.
- ¡Atención!
Gritó el capitán mientras desmontaba para ofrecer un blanco menos claro y escrutaba las sombras en busca de los atacantes. Apenas tuvo que esperar unos segundos para tener a 2 de sus hombres justo al lado con las ballestas de mano preparadas y protegiéndose tras los caballos. Los otros dos permanecían justo al lado del carruaje mientras los dos conductores intentaban arrastrar a los dos que habían caido hacia allí.
Una nueva lluvia de flechas hirió a uno de los soldados en el brazo, pero nada más que un rasguño y a uno de los conductores con algo más de gravedad, ya que el virote le atravesó el muslo de la pierna izquierda haciéndole caer.
Esta vez los soldados respondieron a los disparos y pudo oirse un gemido ahogado antes de que 12 figuras apareciesen entre las sombras de los árboles, lanzándos a la carga. Iban bien armados, demasiado.
Los guardianes del carruaje respondieron al asalto lanzándose también al ataque. En menos de un segundo los primeros golpes de lucha se hicieron patentes. Algunos asaltantes se dirigieron directamente al carruaje. Uno de ellos fue abatido con un virote en su pecho, los otros cuatro consiguieron llegar.
La fuerza del número logró abatir a uno de los soldados de la primera línea, pero no antes de que lograra eliminar a otro de los bandidos. Dos más no tardaron en acompañarle. Las cuentas estaban ahora 8 a 4.
El capitán de los soldados, a pesar de la intensa lucha, no dejaba de escrutar el lindero del bosque, estaba seguro de que había algunso bandidos más apostados, a la espera de ver como se decantaba aquel enfrentamiento. Así que, poco a poco, llevaba a sus rivales hacia el límite del camino. Un grito tras él le indicó que otro de sus hombres acababa de caer - ¡Maldición!- Pensó, mientras se giraba al tiempo que lanzaba un mandoble con su espada y cortaba las tripas a sus dos rivales en el mismo arco.
Con un par de saltos regresó al centro de la refriega, en la primera linea ya no quedaba nadie y un enemigo intentaba apoyar a los otros dos que peleaban justo ante el carruaje. De un impulso más le alcanzó por la espalda y en plena carrera, con un sólo golpe cayó al suelo, pero no antes de que otro de los defensores en el carro fuese herido y se desplomara contra el suelo.
Ninguno de los asaltantes sobrevivió a la llegada del capitán. El soldado que quedaba estaba herido en el brazo. En ese momento la vieja volvió a asomarse, en su mirada se apreciaba que acababa de contener un acceso de pánico.
- ¡Volved a dentro!- Dijo el capitán con total seriedad.
Cinco hombres más, dos de ellos con ballestas en la mano y apuntándoles, aparecieron.
- ¡Entregadnos a la princesa!- Exigió uno de ellos.
- Si no queréis acabar como vuestros amigos, os sugiero que deis media vuelta- Respondió desafiante el capitán dándose la vuelta y encarando a los nuevos adversarios. En sus manos las dos espadas estaban llenas de sangre.
- Está bien...- Respondió el otro encogiéndose de hombros e indicando con la mano al mismo tiempo que disparasen.
- ¡No te muevas!- Le ordenó al soldado y el capitán saltó hacia delante esquivando por muy poco uno de los virotes. El otro impactó en el carruaje muy cerca del otro.
Uno de los ballesteros murió de un tajo en su torso antes de que pudiera siquiera soltar su arma, otro, al lado suya intentó propinar un tajo al soldado pero éste contragolpeó cortándole el brazo del arma justo por encima de la muñeca. Mientras se desangraba no dejó de gritar.
Los otros tres dudaron unos instantes antes de intentar atacar, lo que hizo que el capitán ganara algo de ventaja. Con una rapidez asombrosa, más de la que el ojo podía captar, cada una de sus espadas atravesó a uno de los bandidos. Las hojas entraron limpiamente de frente y salieron por la espalda. En el centro de estos dos quedaba el que había exigido a la princesa que presa del miedo y la furia intentó aprovechar que las dos armas del otro estaban "atrapadas" en el cuerpo de sus hombres; pero su intento fue futuil, con un grácil voltereta hacia atrás destrabó sus espadas y, en pleno vuelo esquivó el arma y lanzó dos estocadas: la primera en la pierna derecha, haciéndo caer a su enemigo y la segunda a la garganta. El bandido se desplomó en el suelo antes incluso de que el otro tocara el suelo completando su giro mortal.
- ¡Sacad al ama y a su señora del carruaje! Montad en los caballos y no os detengáis hasta llegar a la posada- Ordenó a los dos hombres, soldado y cochero, que le miraban atónitos.
- Confio en ti Garal- Expresó el capitán al único de sus hombres que había sobrevivido.
- ¿Y vos capitán? ¿Qué vais a hacer?
- Me reuniré contigo en Astria.
- Bien.
- Una cosa más, cuando lleguéis a la posada encárgate de que se les da sepultura a nuestros hombres.
- ¡Así se hará!
Sin esperar ni un instante más el capitán espoléo su caballo y emprendió la marcha en dirección contraria a la que habían estado yendo.